viernes, 23 de octubre de 2009

El currículum oculto

Cualquier día laborable entre los meses de marzo a diciembre, a primera hora de la mañana, unos 10 millones de estudiantes se despiden de sus padres y salen de casa para dirigirse a la escuela. Algunos de los padres se harán la pregunta de que es lo hacen sus hijos al momento de entrar a las aulas de la escuela.


Los padres se interesan más por la superficie de la vida escolar que por su contenido real. También los profesores se interesan por un aspecto muy limitado de la experiencia escolar de sus alumnos. Los maestros tienden a centrar su atención en actos determinados de mal comportamiento o buen comportamiento como signo representativo de lo que un niño determinado ha hecho en la jornada escolar, aunque estos actos sólo hayan ocupado una fracción mínima de la experiencia del niño. La rutina cotidiana, monotonía y el molesto “lo mismo de siempre” pueden colorearse de vez en cuando con acontecimientos que iluminan una vida que de otro modo sería oscura.


La escuela es un lugar en que se aprueba o se suspende, en el que suceden cosas divertidas, se aprende cosas nuevas y se adquieren nuevas capacidades. Pero es también el sitio donde los alumnos se sientan, escuchan, esperan, levantan la mano, etc. En la escuela encontramos amigos y enemigos.


Para apreciar la importancia de los acontecimientos triviales de la clase hay que tener en cuenta la frecuencia con que ocurren, la uniformidad del entorno escolar, y la obligatoriedad de la asistencia diaria. En otras palabras, tenemos que reconocer que los estudiantes pasan mucho tiempo en la escuela, y que su desarrollo personal se forma básicamente junto con el entorno familiar y social, los cuales se encuentran allí lo quieran o no. Cada uno de estos hechos, aunque aparentemente obvios, exige una consideración más detallada, ya que cada uno de ellos puede ayudarnos a comprender qué sienten los alumnos y enfrentarlos con su experiencia escolar.


La clase no es sólo un entorno físico relativamente estable, sino además, ofrece un contexto social bastante constante. En las escuelas se da una intimidad social que no tiene término de comparación en otros medios de nuestra sociedad. Es, además, un entorno bastante estable, en el que los objetos físicos, las relaciones sociales y las actividades principales son casi constantes día tras día, semana tras semana e incluso, en muchos aspectos año tras año.

El mundo escolar tiene características únicas. La escuela, la iglesia y el hogar, son lugares especiales; pero por más que busquemos similitudes entre ellas, no se encontrara otra igual a la escuela. Existen tres hechos con los que hasta el más pequeño escolar tiene que aprender a enfrentarse y que pueden describirse con tres palabras: grupo, evaluaciones y poder (autoridad).


Aprender a vivir en clase implica, entre otras cosas, aprender a vivir en grupo. No es de menor importancia el hecho de que la escuela es fundamentalmente un lugar en que se evalúa la actividad del alumno. La adaptación a la vida escolar le exige al alumno acostumbrarse a vivir sujeto constantemente a la evaluación de otras personas. Finalmente, en la escuela se establece claramente una división entre débiles y fuertes.


Todo el que se dedica a la enseñanza sabe que la clase implica mucho trabajo, aunque un observador ocasional puede pensar lo contrario. El profesor establece al día nada menos que 100 contactos interpersonales. La actividad frenética del profesor que va de un lado a otro llamando a los alumnos, distribuyendo el material escolar, concediendo privilegios y determinando el comienzo y el final de las actividades, tiene interés en el contexto presente, sólo en la medida que nos revela un poco, que significa la escuela para los sujetos pacientes de la acción del profesor.


Es evidente pues, que si queremos alcanzar los objetivos de la enseñanza y evitar el caos social, no tenemos más remedio que imponer ciertos controles. El problema de si el profesor debería, o no, ser una mezcla de guardia de tráfico, juez, sargento de intendencia y cronómetro, tiene poco interés para lo que estamos tratando, pero el hecho de que haya que realizar estas funciones, aunque la responsabilidad de su realización recaiga sobre los alumnos, esta muy lejos de carecer de significado.


Pero la paciencia es más una actitud moral que una estrategia de adaptación. Los alumnos tienen que esperar pacientemente su turno, pero cuando les llegue, deben estar preparados para participar intensamente. En general se puede decir que dentro del salón de clases, los alumnos tienen que enfrentarse a diferentes retos, como son la paciencia, el aburrimiento, la falta de interés, la pérdida de tiempo haciendo filas, etc. Mientras más numeroso sea el grupo, todas las características antes mencionadas serán mayores. Pero el alumno aprenderá a vivir con ellas mientras este en la escuela. Todos los estudiantes de cualquier nivel experimentan el dolor al fracaso y la alegría del éxito mucho antes de llegar a la edad escolar.


La evaluación, es otro hecho importante de la vida en clase. Pero los exámenes, aunque sean la forma clásica de evaluación, no son el elemento único del proceso. El profesor no es el juez único y exclusivo. Con frecuencia los compañeros de clase ejercen esta función. El mal comportamiento provoca sanciones negativas como la represión, el aislamiento, la expulsión de clase, que con frecuencia son patentes para todos.


La evaluación que el profesor hace de las cualidades personales de sus alumnos hace referencia a aspectos con la capacidad intelectual, nivel de motivaciones, su cooperación en el orden en la clase. Algunos profesores (los que se las dan de “buenos sicólogos”), evalúan la agresividad, el trastorno por déficit de atención y la apatía en clase. Las evaluaciones, por definición, miden un valor. Por eso pueden describirse, al menos teóricamente, según el tipo y el grado de valor que miden.


La tarea de afrontar la evaluación no es exclusiva del alumno. El profesor y otras autoridades docentes buscan alternativas para mejorar el aprendizaje con la aprobación y no con el castigo. Dentro de los problemas de enseñanza encontramos la distinción entre motivación “extrínseca” (realizar las tareas de clase pensando en el premio de las buenas notas o de la aprobación del profesor), y motivación “intrínseca” (realizar las tareas de clase por la satisfacción que brota del trabajo mismo).


Un aspecto de la vida escolar a que tienen que acostumbrarse los alumnos es al desequilibrio del poder. Ya desde los primeros años los niños son más proclives que las niñas a violar las normas de la institución. Dos de las diferencias más importantes entre la relación padre-hijo y la relación profesor-alumno provienen del grado de intimidad de dicha relación y de la duración de esta. Quizá una de las principales diferencias, aunque no la más obvia entre la autoridad de los padres y la de los profesores sea la diferencia de los fines para los que esa autoridad se emplea.


La autoridad paterna es principalmente restrictiva. La autoridad del profesor, en cambio, es a la vez restrictiva y perceptiva. A los profesores les interesa no sólo impedir comportamientos anómalos, si no también asignar tareas a los estudiantes. La autoridad se manifiesta tanto en preceptos (“haz esto “ ) como en prohibiciones (“no hagas aquello”). En casa, el niño tiene que aprender a refrenar sus apetitos; en la escuela, tiene que aprender a fijarse y a prestar atención. En la época preescolar los niños pueden haber jugado a trabajar. El profesor, aunque pueda rechazar este calificativo, es el primer “jefe” de los alumnos. En este sentido podemos decir con propiedad que la escuela es una preparación para la vida.


Del poder se pude abusar tanto en la escuela como en otras instituciones, pero la existencia de la autoridad es un hecho al que tenemos que adaptarnos. El grupo, las evaluaciones y la autoridad, cuya combinación confiere un matiz distintivo a la vida escolar, constituyen un currículum oculto que el alumno debe superar si quiere avanzar con éxito a través de su etapa escolar.


La escuela es la primera institución importante, después de la familia, en la que casi todos nosotros estamos inmersos. Ya desde el jardín de niños, el alumno comienza a aprender qué es la vida en sociedad. Antes, pues, de centrarnos en lo que los alumnos hacen en clase, tenemos que examinar qué piensan (o sienten) de la escuela.

1 comentario:

Anchuela dijo...

Me encantaria que le diera una hojeada a mi blog. Gracias!
www.excesodeanchuela.blogspot.com